Mientras tanto, Aquiles estaba adentro. Papalo me mira con un gesto cómplice y me dice en voz baja: "Esperá un poco, soltale el hilo". Se da vuelta y le dice a Aquiles: "¿Quique, vos no querés pescar? Acá hay una caña que queda libre". Aquiles, con dificultad, vino lo más rápido que pudo a la banda y yo le di la caña, con el hilo bien suelto, pero habiéndole cerrado el reel, como para que en algún momento se diera cuenta que tenía algo enganchado. Al minuto de tener la caña en la mano, el hilo se tensó y Quique sintió él cimbronazo. Un tirón, y otro. Se volvió loco de emoción. Papalo y yo le dábamos manija, porsupuesto. "¡¡Pescaste Quique!! ¡Dale, recogé! ¡Parece algo grande!". De la emoción, Aquiles trataba de hablar y de recoger el hilo, pero se trababa más y más y no podía ni darle manija al reel. Finalmente se fue dando maña y la fue trayendo. La tararira, sintiendo que esta vez venía en serio que la sacaban del agua, tironeaba como loca y yo tenía miedo que el hilo se cortara en cualquier momento. Finalmente con la red la enganchamos y fue la apoteosis. Papalo y yo lo palmeábamos y felicitábamos a Quique, que, sin poder creerlo, contemplaba la tararira con una mirada de completa felicidad y me pareció que también se le cayeron algunos lagrimones. O quizás fue a mí.
domingo, 26 de julio de 2009
La Tararira de Aquiles
Un día Papalo invitó a pescar a Aquiles Naón y fuimos en La "Piraña" hasta un arroyo que sale del Urión. (Me quedó con rima y todo.) Papalo y Aquiles tomaban el te y yo pescaba. Tuve un pique muy fuerte y empiezo a recoger, con cuidado porque era una caña finita que usaba para darle más emoción a la pesca. Papalo sale de la lancha y me ve recogiendo. Ya veía venir cerca de la superficie una lindísima tararira, de muy buen tamaño.
Mientras tanto, Aquiles estaba adentro. Papalo me mira con un gesto cómplice y me dice en voz baja: "Esperá un poco, soltale el hilo". Se da vuelta y le dice a Aquiles: "¿Quique, vos no querés pescar? Acá hay una caña que queda libre". Aquiles, con dificultad, vino lo más rápido que pudo a la banda y yo le di la caña, con el hilo bien suelto, pero habiéndole cerrado el reel, como para que en algún momento se diera cuenta que tenía algo enganchado. Al minuto de tener la caña en la mano, el hilo se tensó y Quique sintió él cimbronazo. Un tirón, y otro. Se volvió loco de emoción. Papalo y yo le dábamos manija, porsupuesto. "¡¡Pescaste Quique!! ¡Dale, recogé! ¡Parece algo grande!". De la emoción, Aquiles trataba de hablar y de recoger el hilo, pero se trababa más y más y no podía ni darle manija al reel. Finalmente se fue dando maña y la fue trayendo. La tararira, sintiendo que esta vez venía en serio que la sacaban del agua, tironeaba como loca y yo tenía miedo que el hilo se cortara en cualquier momento. Finalmente con la red la enganchamos y fue la apoteosis. Papalo y yo lo palmeábamos y felicitábamos a Quique, que, sin poder creerlo, contemplaba la tararira con una mirada de completa felicidad y me pareció que también se le cayeron algunos lagrimones. O quizás fue a mí.
Mientras tanto, Aquiles estaba adentro. Papalo me mira con un gesto cómplice y me dice en voz baja: "Esperá un poco, soltale el hilo". Se da vuelta y le dice a Aquiles: "¿Quique, vos no querés pescar? Acá hay una caña que queda libre". Aquiles, con dificultad, vino lo más rápido que pudo a la banda y yo le di la caña, con el hilo bien suelto, pero habiéndole cerrado el reel, como para que en algún momento se diera cuenta que tenía algo enganchado. Al minuto de tener la caña en la mano, el hilo se tensó y Quique sintió él cimbronazo. Un tirón, y otro. Se volvió loco de emoción. Papalo y yo le dábamos manija, porsupuesto. "¡¡Pescaste Quique!! ¡Dale, recogé! ¡Parece algo grande!". De la emoción, Aquiles trataba de hablar y de recoger el hilo, pero se trababa más y más y no podía ni darle manija al reel. Finalmente se fue dando maña y la fue trayendo. La tararira, sintiendo que esta vez venía en serio que la sacaban del agua, tironeaba como loca y yo tenía miedo que el hilo se cortara en cualquier momento. Finalmente con la red la enganchamos y fue la apoteosis. Papalo y yo lo palmeábamos y felicitábamos a Quique, que, sin poder creerlo, contemplaba la tararira con una mirada de completa felicidad y me pareció que también se le cayeron algunos lagrimones. O quizás fue a mí.
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