lunes, 27 de julio de 2009

Un Rolex entre la m****a

En una de las navegadas en la "Piraña", no me acuerdo qué amigos de Papalo estaban de invitados, cuando, al bajar al bote en la amarra, a uno se le abre la correa metálica del reloj y se le cae al agua. En esas épocas, la "Piraña" estaba fondeada al lado de donde después estuvo el "Siempre", al costado de la cancha de golf, frente al Club Náutico Sudeste, que en esos años recibía el desagüe del "Canal 33 Orientales". Este traía una variada fauna vegetal, animal y bacteriológica de toda índole, en la cual sobresalían los bagres, muertos, panza arriba e hinchados como sapos y los "maraños". Se preguntarán qué es un "maraño": es "un s****e de este tamaño". Esta combinación de ingredientes, le daba al canal un original color grisáceo, con unas simpáticas burbujitas que, día y noche, nos recordaban de donde salía ese olor a gas butano: del negro fondo putrefacto.
Resulta que ahí estábamos, los visitantes, Papalo y yo, mirando horrorizados las últimas ondas que había dejado en la superficie el Rolex caído que, pocos segundos más tarde, estaría empezando a hundirss en el limo inmundo. Papalo trató de pescarlo con el bichero, pero ni llegaba al fondo, porque el río estaba alto.
Yo me temía lo peor. Y pasó: Papalo me mira suplicante: "¿Te animás? Dale. Total, en cuanto llegás a casa te das una ducha".
Aclaro que nunca había tenido los prejuicios que tenía mucha gente ("¡Qué asco bañarse en ese río!"), nunca me había molestado su color marrón, y siempre lo disfruté, y llegué a tomar agua, cuando no quedó otra alternativa. Pero una cosa era el agua del otro lado del canal, o en las bocas del Delta y otra eso.
No tenía que pensar mucho porque sino ni loco me metía. Como tenía el traje de baño puesto, me saqué todo menos eso y, cerrando bien los ojos y jurando no dejar que me entre ni una gota a la boca, me metí. Mientras bajaba, sentía las burbujitas que subían, patinandome por el pecho y la cara. En seguida llegué al fondo, que era tan blandito que con sólo pasar la mano se me hundía hasta la muñeca en eso que, a falta de un nombre más exacto, llamémoslo barro. La verdad es que creo que del asco que tenía, en la primera bajada ya lo encontré y fuí el héroe del día. La toalla, creo que fue directo a la basura, y el color negro bajo las uñas, tardó unas semanas en irse.

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