Resulta que ahí estábamos, los visitantes, Papalo y yo, mirando horrorizados las últimas ondas que había dejado en la superficie el Rolex caído que, pocos segundos más tarde, estaría empezando a hundirss en el limo inmundo. Papalo trató de pescarlo con el bichero, pero ni llegaba al fondo, porque el río estaba alto.
Yo me temía lo peor. Y pasó: Papalo me mira suplicante: "¿Te animás? Dale. Total, en cuanto llegás a casa te das una ducha".
Aclaro que nunca había tenido los prejuicios que tenía mucha gente ("¡Qué asco bañarse en ese río!"), nunca me había molestado su color marrón, y siempre lo disfruté, y llegué a tomar agua, cuando no quedó otra alternativa. Pero una cosa era el agua del otro lado del canal, o en las bocas del Delta y otra eso.
No tenía que pensar mucho porque sino ni loco me metía. Como tenía el traje de baño puesto, me saqué todo menos eso y, cerrando bien los ojos y jurando no dejar que me entre ni una gota a la boca, me metí. Mientras bajaba, sentía las burbujitas que subían, patinandome por el pecho y la cara. En seguida llegué al fondo, que era tan blandito que con sólo pasar la mano se me hundía hasta la muñeca en eso que, a falta de un nombre más exacto, llamémoslo barro. La verdad es que creo que del asco que tenía, en la primera bajada ya lo encontré y fuí el héroe del día. La toalla, creo que fue directo a la basura, y el color negro bajo las uñas, tardó unas semanas en irse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario