
Como nieto, a mis pares (primos, aunque también hijos, sobrinos y sobrinos segundos) me interesa testimoniarles al menos la parte de la herencia que recibí yo: un valioso tesoro cultural.
La cultura de saber conocer y disfrutar el río, el mar, los barcos, la Naturaleza (incluyendo lugares, plantas, peces, mascotas, etc.), el Sur (aunque nunca tuve la oportunidad de ir con Papalo y recién lo pude disfrutar muchísimos años más tarde), el saber aprovechar mis habilidades manuales para construir o arreglar lo que me interesa, el disfrute de trabajar la madera, de saber sacarles el jugo a las herramientas y a los materiales.
La cultura de "la juventud mental": la curiosidad por las cosas y el sentirse con derecho a investigar, aprender y probar cosas a cualquier edad (desde criar codornices, armar un ahumadero de truchas, probar de hacer milanesas de piraña, hasta instalar una aspiradora automática de la suciedad de la pileta). Es muy difícil conseguir cualquiera de estas capacidades fuera de un vínculo con una persona que las enseñe, las transmita y las comparta.
Algunas de estas cosas también las heredó mi Viejo y a su vez (entre otras suyas) me las inculcó a mí.
Me acuerdo una vez que Javi reflexionaba sobre cómo los nietos habíamos podido aprovechar lo mejor de Papalo y Zule: todo lo positivo, los buenos momentos, pero sin las complejidades y rollos que tienen frecuentemente las relaciones entre padres e hijos. Pienso que estaba totalmente en lo cierto, es así. Una cosa compensa la otra: las complejidades y rollos con los propios padres, son compensadas con el poder disfrutar una relación más espontánea y libre con los abuelos. Es la ley de la vida.
Sólo espero que se cumpla el pronóstico de un psicoanalista que una vez me dijo: "Vos vas a ser muy buen abuelo, mejor abuelo que padre, porque en tus abuelos tenés figuras de identificación muy fuertes". Ojalá cumpla tan bien ese rol con mis futuros nietos como lo hicieron mis abuelos conmigo.
Como ilustración les cuento esta anécdota:
Era mi cumpleaños y como yo estaba copado con las herramientas y las manualidades. A los que me preguntaban qué quería para mi cumpleaños, les decía que quería armarme una caja de herramientas. Entonces fui ahorrando como si fueran $400 o 500 pesos de hoy día y Papalo se ofreció acompañarme y asesorarme para invertir todo eso en las herramientas más necesarias y útiles. Me fui al Estudio Aslan y Ezcurra y Papalo me llevó en auto ¡ hasta Congreso !, a una ferretería industrial que conocía, donde me gasté hasta el último peso, mientras él elegía cada herramienta, recomendándome unas, priorizando otras, etc. Cuando terminamos (después de más de una hora), el vendedor suma todo y me alcanza la factura: - "Decile a tu papá que con esto vaya al fondo a pagar a la caja". - "No es mi papá, es mi abuelo". - "¿Y tu abuelo te vino a acompañar sólo para asesorarte ?". - "Si, él se ofreció". ¡¡ El tipo se puso a llorar !!, y decía, secándose las lágrimas : - "¡Qué lindo tener una relación tan linda con el abuelo! ¡Qué suerte que tenés!". Yo tenía un nudo en la garganta parecido al que tengo ahora que escribo esto. Agrego que no me alcanzó para el taladro (herramienta fundamental, si las hay). Un sábado de mañana estaba en Chiclana y se cae Papalo con un taladro nuevo: - "Esto es para vos" - "¿Cómo? Pero, ¿cuánto costó? Ya no me queda ningún ahorro" - "No importa. Hacés trabajitos con las herramientas y cuando te pagan me vas devolviendo". Así fue. Le coloqué a mi tía Beatríz unas repisas (con el taladro nuevo y las herramientas), le arreglé una mesa de la tele a mi otro abuelo, etc. y fuí ganando y pagando hasta cubrir la deuda. Toda una experiencia educativa y promotora del crecimiento.
Creo, igualmente, que la parte más importante de ese "tesoro cultural" que recibí, con modalidades totalmente distintas entre Papalo y Zule, fue la cultura de la fe. Con Zule podía ir a Santa Gemma a misa de 9, o a acompañarla cerca de San Telmo a comprar velas para la Catedral, y con Papalo alguna vez fui a La Cava a llevar materiales para la construcción o a buscar unos chiquitos para sacarlos a navegar en "La Piraña" (chicos que, obviamente, era la primera vez en su vida que veían el río o una lancha o tomaban un Nesquick y galletitas mirando pasar los veleros). Su idea del sentido de la vida y su actitud ante la muerte me impactaban. Decía que ya se había dado el gusto de vivir todo lo que había querido vivir, que se había realizado en todo, que estaba agradecido por todo lo que Dios le había dado, que sabía que en algún momento cercano su vida estaría por terminar y que no le molestaba para nada porque estaba "hecho". Sólo pedía morir al timón de su barco, deseo que Dios le concedió.
Pienso que este aspecto de ese tesoro cultural es todavía más valioso e impagable que la anterior y ojalá algún día pueda estar a la altura de lo "heredado".
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